¿Quién me hablo a mi como yo te hablo a vos?

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Tanto en las relaciones con nuestros hijos como con nuestras parejas repetimos estilos comunicacionales aprendidos.
Nos hablaron de una forma que tendemos a repetir, hablamos como nos hablaron.

Hemos aprendido que las cosas se decían de una forma y sin la mediación de un trabajo de introspección en el que revisemos lo aprendido, tenderemos a repetirlo. Lo no pensado puede repetirse casi tal como fue vivido.
Lo que escuchamos, vimos y vivenciamos se torna ahora nuestro estilo comunicacional.

¿Quién me habló a mí como yo te hablo a vos?

A través de esta pregunta es que podremos tomar conciencia y transformar lo que nos parezca de ese modo de habla incorporado probablemente en nuestra infancia y adolescencia.

¿Quién me enseñó con su ejemplo que hablar implicaba: gritar o callar, imponer o aceptar sumisamente, mirar a los ojos o evitar la mirada, culpabilizar o victimizarme, exigir o indultar, preguntar o indicar, argumentar o expresar sentimientos, ironizar o empatizar, validar o señalar «defectos», compadecer o reprochar, mentir o decir la verdad?
¿Quién me enseñó cuáles son los temas de los que se puede hablar y sobre cuáles está prohibido o mal visto hacerlo?
¿A quién le estoy plagiando el libreto con el que vivió su vida?

Y aunque hemos quizás sufrido ese modo de habla, inconscientemente lo repetimos por lealtad al modelo recibido y/o por desconocer que otros son posibles.

Y llegarán a nuestra vida parejas e hijos que hablarán de otra forma, a su forma, y el desafío consistirá en escuchar sin pensar que nuestro modelo de decir es el único posible. El difícil arte de escuchar antes de juzgar y de recibir al otro antes de querer amoldarlo a uno mismo. El otro irrumpe en nuestra vida con su singularidad, con su modo personal de decir y de callar y eso podemos querer amoldarlo al propio o mirarlo como distinto al propio y quizás complementario.

Cada relación que establecemos tiene un estilo comunicacional particular, seguramente teñido de nuestro estilo pero también compuesto por el estilo del otro.
A un hijo o se lo escucha o se le impone una forma de habla. En ese caso la aceptará pasivamente o la cuestionará dependiendo de su personalidad y del ciclo vital en el que se encuentre.

En el caso de una pareja el logro es salir del monólogo para construir un diálogo que beneficie la circulación de las emociones, en el que se pueda pedir lo que cada uno necesite, expresar el amor y en el que circule la libertad y la aceptación de la identidad de los dos por medio de la empatía. Se trata de lograr una comunicación que permita que tanto el hombre como la mujer se sientan confiados, amparados y protegidos afectivamente en esa relación.

Construir modos de hablar que generen confianza básica entre los dos, sería poder sentir «Puedo hablarte de lo que me pasa sin miedo a tu juicio y puedo escucharte sin juzgarte de ante mano en función de mi forma de mirar la realidad».

Querer transformar el modo comunicacional aprendido es una tarea posible y desafiante en la vida.

En honor tanto a nuestros padres como a otros formadores de nuestra identidad en la infancia, podremos buscar comunicarnos de la mejor forma que nosotros consideremos para nuestro bien y del de aquellos que queremos. Dejar el estilo que encierre o nos deje solos para incorporar la forma que nos acerque al otro y sus palabras.

La vida oscila entre momentos de incorporación y aprendizaje y otros de transformación y crecimiento personal, los primeros más de imitación y los segundos de diferenciación del modelo recibido.

Tanto la pareja como la relación con los hijos son excelentes oportunidades para construir nuestro propio modelo de habla, el elegido, el que deseamos más allá de nuestra infancia. El encarnado más allá de esa imitación en la niñez.

Hablar puede permitir el encuentro, hay palabras que acercan, decires que vinculan.

Las palabras, según como sean dichas, pueden acercarnos al amor y a la libertad.