Sobre glaciares, deshielos y la decisión de perdonar

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Jorge Drexler, músico uruguayo, usa como metáfora en una de sus canciones a los glaciares.

Despedir a los glaciares (Drexler, J. 2017)

Dice el autor…

(…) Una gota rueda sobre el hielo y cuelga sobre el vacío 
Por su propio peso acaba por caer dentro del río 
El tiempo que todo lo cura, también todo lo derrite 
Y vuelve de nuevo el hielo como un pulso que se repite 
Y cuando el momento llegue honremos nuestras heridas 
Celebremos la belleza que se aleja hacia otras vidas 
Y aunque la pena nos hiera que no nos desampare
Y que encontremos la manera de despedir a los glaciares.
(…) 
Y cuando el momento llegue honremos nuestras heridas 
Levantemos nuestras copas por una causa perdida 
Y un aleluya recorra las pantallas de los bares 
Y encontremos la manera de despedir a los glaciares. (…)

Partiendo del agua como símbolo de las emociones, del retorno a lo más esencial de la vida humana, (Chevallier, J. 1986, Diccionario de símbolos. Ed. Herder), propongo interpretar esta metáfora como aquellas experiencias emocionales de nuestras vidas que se han convertido en hielo, aquello que aconteció y que hemos enfriado sin intentar transformarlo en una experiencia a la que le podamos dar un nuevo significado. Son heridas hechas callos, momentos afectivos que se convirtieron en glaciares en la mente. Fueron agua, fueron vivencia, pero las endurecimos dentro nuestro. Masas de hielo que pueden ir además enfriándonos, impregnándonos de su estado.

Podemos dejar pasar años pensando y sintiendo una relación de la misma forma, sin animarnos a hacernos ninguna pregunta que nos lleve a una nueva visión sobre ese vínculo. Años de una relación que parece haber quedado congelada, sin matices ni aristas nuevas. Percibimos lo mismo de esa persona durante un largo tiempo, negando el movimiento inherente a las relaciones humanas.

¿Cuáles son tus glaciares? ¿Cuáles son esas experiencias que han quedado rígidamente quietas dentro tuyo? ¿Cuáles son las relaciones significativas que no podés permitirte pensar desde nuevos puntos de vista?

Son múltiples las situaciones en las que el otro nos hace falta o nos daña. Pueden ser nuestros padres, abuelos, hermanos, amigos, parejas, socios. Son experiencias relacionales que nos dejan carentes de un afecto que el otro no puede demostrarnos. O situaciones en las que la acción libre de alguien significativo nos deja a la intemperie y dañados.

La vida es un camino sinuoso de presencias y de ausencias. El otro, desde su ser vulnerable y portando sus propias carencias, está presente a su manera o se nos torna ausente y nos deja necesitados. La ausencia queda grabada como una herida. Todos sufrimos pérdidas y daños de algún tipo en relaciones significativas.

Hechos que duelen. Pero existen los hechos y existen las explicaciones que nos damos sobre esos acontecimientos. Sobre estas experiencias de carencias, tejemos historias que nos contamos a nosotros mismos. Hay algunas de estas historias o explicaciones que nos ayudan a crecer, historias que contemplan la humanidad tanto del otro como la nuestra, haciéndonos más compasivos, mientras que otras historias nos dejan en un estado de profunda dependencia hacia eso que nos dañó, porque nos instalan en un eterno reproche y enojo. Un enojo que nos ata a esa persona más de lo que nos gustaría. Son cadenas que vienen de la propia exigencia o de la pretensión ilusoria de que todo debería haber sido distinto. Es la cárcel del querer tener la razón, un obstinado encierro.

¿Cuáles son los movimientos internos para salir de esas dependencias rencorosas? 

Podría liberarnos tomar la decisión de perdonar o también aceptar lo ocurrido y dejar con esa persona, todo aquello que queremos soltar de la experiencia. Por ejemplo si un socio nos ha estafado, dejar con él lo oscuro, la traición y seguir la vida buscando la honradez y la transparencia. Es poder decir: acepto la traición como parte de esa relación y me libero buscando la lealtad y la claridad con mis nuevos socios si los quisiera tener.

Perdonar es hacer las paces con la historia, dejarle al otro lo suyo, su parte de la situación y tomar lo propio, siendo ambos protagonistas de lo que pasó. El perdón nos encuentra a ambos en lo vulnerable. Perdonar es una decisión que implica coraje y humildad y que supone, por supuesto, la libertad de elegir seguir o no con esa relación, pero que requiere la fuerza interna para dejar atrás lo sucedido y abrirse a lo nuevo que el destino nos invite a vivir.

Pero muchas veces nos resistimos a aceptar y perdonar. Puede ser para sostener nuestra propia omnipotencia, esa que viene de ponernos en víctimas de todo lo ocurrido. Un enojo que da poder. Puede ser también para no reconocer que nosotros también dañamos y que puede haber personas queridas por nosotros que estén esperando un pedido de perdón de nuestra parte. Se trata de aprender a dar el perdón y también saber pedirlo.

La transformación es entonces integrar el dolor con la aceptación y el amor con el perdón hacia aquellos que nos importan. Si no hacemos este trabajo, podemos defensivamente alejarnos de la intimidad para no volver a sufrir por una nueva ausencia. Volvemos así al hielo, nos enfriamos para no sentir, seremos glaciares en el medio de las corrientes de agua.

El amor se congela por defensas, como pueden ser el exceso de juicios de valor, una omnipotencia racional, una distancia silenciosa, una dureza terca, todas formas de darle la espalda a lo que pasó y quedar así preso de los hilos de nuestras historias, el titiritero termina siendo esa parte nuestra que no quiere entender que las carencias forman parte de la existencia. Nos maneja ese déspota herido que no quiere ceder ante una realidad que muestra la humanidad en toda su dimensión.

En nuestro camino hallaremos, sin duda, algún glaciar y la vida nos dará, en algún momento, la posibilidad de elegir entonces entre vivir en el agua o continuar endurecidos, derretir los glaciares para vivir en los afectos o permanecer rígidos para vivir en nuestras heladas defensas.

Ojalá podamos despedir a los glaciares, ojalá podamos levantar nuestras copas por la causas perdidas, y gracias Jorge Drexler por dejarnos tu poesía para que podamos pensarnos a nosotros mismos.

¡Saludos para todos!

Matías Muñoz

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